Liduvino Fleitas Domínguez | OPINION

La credibilidad en oferta...

La falta de credibilidad se ha convertido en una especie de epidemia y todos corren a vacunarse. Saben que está en el haber de todo buen gobernante y que hay que tenerla como activo pues es condición “sine qua non” para colocarse en una posición de ventaja a la hora del pistoletazo que de la salida en los próximas comicios del 2015.

La credibilidad es la capacidad de ser creíble. Tiene mucho que ver con la ética y la moral y es un valor imprescindible, obligatorio y esencial para los que están en la vida pública ya que proyecta confianza y veracidad. Es parte intrínseca del patrimonio del buen gobierno, del espíritu democrático y del respeto que deben generar las instituciones políticas y partidistas. Está estrechamente vinculada a la verdad y la una no existe sin la otra.

Lamentablemente hace mucho tiempo que brilla por su ausencia, ha sido olvidada, arrinconada, defenestrada y hoy cuando el ciudadano ha perdido la fe en la clase política dirigente y en las instituciones que ejercen la misión de regir nuestro destino, cuando los que tienen la responsabilidad de gobierno se han dado cuenta de su pérdida y de su necesidad en la conquista del poder; la buscan con urgencia como el remedio que todo lo cura. La ofertan en sus congresos, conferencias, entrevistas y tertulias a una sociedad hastiada y escamada que se ha sentido ninguneada, desprotegida y hasta agredida por la continuidad de su carencia en la práctica política del día a día.

La falta de credibilidad se ha convertido en una especie de epidemia y todos corren a vacunarse. Saben que está en el haber de todo buen gobernante y que hay que tenerla como activo pues es condición "sine qua non" para colocarse en una posición de ventaja a la hora del pistoletazo que de la salida en los próximas comicios del 2015.

Ahora es tópico, territorio común, lugar de encuentro y hasta arma infalible. Se han dado cuenta de su valor y la ofrecen y proponen sin ningún recato con descaro y osadía. Los portadores del mensaje se acomodan y arropan con ella. La invocan y conjuran, a veces sin orden ni concierto, esperando que su magia la convierta en imán capaz de atraer e ilusionar nuevamente a un electorado víctima de promesas incumplidas y precisamente es por eso, por lo que la gente de a pie ha perdido la capacidad de confiar y de creer en los políticos y en las instituciones que dirigen; porque ha visto en ellos más obstáculos que elementos que faciliten la existencia y la resolución de problemas que acontecen un día sí y otro también.

Justamente esa masa electoral que no conecta con las ideologías y los partidos que ostentan el poder, es la que ha tenido que aprender "a fuerza de palos" a separar la paja del trigo; y a estas alturas reflexiona, juzga y sabe que la credibilidad no se gana con el maquillaje de la elocuencia en discursos encendidos o en los medios de comunicación.

La obsesión de repetirla una y otra vez cuando faltan convicciones, idealismo, honestidad y lealtad a unos principios no hace más que crear un sentimiento de rechazo que impide que cualquier mensaje al respecto penetre en la ciudadanía, que a la vista de los desengaños vividos se ha vuelto "atea" con respecto a talismán tan deseado.

Detrás de las soflamas y las prédicas están siempre los mismos, los que aún se creen que no han perdido su capacidad para convencer. Son los que esperan todavía cautivar -con sus cantos de sirena- para luego hacer y deshacer a su antojo según conveniencias e intereses.

Hay que estar alerta para no sucumbir fácilmente a su enorme poder de persuasión y exigir a todos aquellos que la esgriman, en su "cruzada" particular, un verdadero acto de contrición; que empiecen por pedir perdón, entonar un "mea culpa", reconocer que se han equivocado y que con la credibilidad no se puede traficar ni utilizar como moneda de cambio. Se conquista con la voluntad de hacer lo que se dice y promete con hechos y no con palabras, con el convencimiento de que hacer política es un oficio donde no tienen cabida los embusteros ni los que medran con las necesidades de la ciudadanía.

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