Liduvino Fleitas Domínguez | OPINION

Ser o no ser en Telde

Telde vive entre el fatalismo y la resignación, y el aire nuevo prometido se ha convertido en “ventolera” con golpes de viento que dicen mover las alfombras y, la apertura de puertas y ventanas se ha tornado en “portazos y ventanazos” que le han “machucao” los nudillos a más de uno.

El peculiar sentido de dedicarse a la nobilísima tarea de hacer política es interpretado en nuestra ciudad de una manera muy particular en los últimos meses. Algunos han introducido su propio estilo y crean situaciones que dan auténtica grima. La complicidad ha saltado por los aires y lo sucedido es de traca y pañuelo. El escenario contiene todos los ingredientes para otorgarle tintes de drama o comedia según la óptica con la que se mire.

En cualquier caso una característica común tanto de unos como de otros es la del sainete continuo, en el que las maniobras y tácticas políticas se fundamentan entre el despropósito y lo absurdo.

No se le pueden pedir peras al olmo y es que, cuando vivimos de las apariencias y no hay contenido ideológico todo se mueve entre la nada y el vacío. El poder se sustenta en los gestos y en el esbozo de algunas acciones simbólicas que se esfuman con facilidad, ya que no son más que las típicas prácticas o movidas de cara a la galería -producida por un elaborado guión- que después de un buen centrifugado da como resultado la gran "espanta" como escena clave de la representación.

Telde vive entre el fatalismo y la resignación, y el aire nuevo prometido se ha convertido en "ventolera" con golpes de viento que dicen mover las alfombras y, la apertura de puertas y ventanas se ha tornado en "portazos y ventanazos" que le han "machucao" los nudillos a más de uno.

Cerrar los ojos ante los problemas y lamentar luego las consecuencias no es buena solución. Defender y conservar los principios que salvaguardan los intereses generales como medida, genera una postura de confrontación gallarda y difícil, tiene su coste y puede llevar a la soledad, sobre todo estando en la oposición, pero ésta no siempre es dura y trágica; porque mantener la coherencia alimenta el valor y la dignidad -que está por encima de las ambiciones partidistas- y tiene al final una justa y merecida recompensa, pero cuando se pierde el decoro y el objetivo es vivir de la picardía, del consuelo de frases ocurrentes, de que lo banal se convierta en categórico y de la gloria efímera que da el protagonismo en un momento determinado, entonces apaguen la luz y vámonos.

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