Liduvino Fleitas Domínguez | OPINION

Desconectarse de la realidad produce un daño irreparable

¿Qué se puede hacer para que la gente recupere la confianza en la idea de que la política y los políticos son claves (a pesar de las desviaciones, viciado, despistes ideológicos y de sus olvidos en los cumplimientos de sus programas electorales) para la organización de una convivencia en democracia?

Clientelismo, endogamia, corrupción, oligarquía de hierro de las cúpulas y aparatos son algunos de los aspectos más relevantes que incrementan el descrédito que sufren los partidos políticos y que al día de hoy alcanzan cotas de elevado desprestigio. Se pueden contar con los dedos de una mano los que se salvan, pero el sentimiento y la quemazón al respecto se ha instalado en la sociedad en general y pagan justos por pecadores.

Hay cientos de miles de personas que no se sienten ni reflejadas ni representadas por las fuerzas políticas que existen en la actualidad donde unos pocos son los que deciden nuestro futuro. Los ciudadanos, a pesar del malestar que se percibe en la calle y el elevado descontento, dan la impresión de indiferencia y de permanecer impasibles. Están en una simulada calma "chicha", en silencio; pero es sólo eso apariencia, la precesión va por dentro. Hay una especie de "tsunami social" que está en periodo de incubación. Si el fenómeno brota y prende, la ira se apoderará de ellos y las consecuencias -para mal o para bien- pueden ser imprevisibles.

¿Qué se puede hacer para que la gente recupere la confianza en la idea de que la política y los políticos son claves (a pesar de las desviaciones, viciado, despistes ideológicos y de sus olvidos en los cumplimientos de sus programas electorales) para la organización de una convivencia en democracia?

En primer lugar, ser conscientes de que no podemos dejar nuestro futuro en manos de aquellos que convertidos en élites nos vienen demostrando una y otra vez su incapacidad y en muchos casos despreocupación y negligencia para arreglar los problemas del común de la ciudadanía.

En segunda lugar, reconocer que la democracia es algo más que acercarse a las urnas cada cuatro años.

En tercer lugar tener el valor de elegir una alternativa que favorezca el debate, sume y propicie los acuerdos y acciones políticas correspondientes para vencer la insolidaridad y la injusticia.

Puestos en esta tesitura, cojamos la sartén por el mago y pongamos en ella, cuando toque, a partidos y personas cualificadas y generosas -políticamente hablando- que sean capaces de aportar credibilidad, coherencia, talento, sensibilidad, ejemplaridad y voluntad de servicio.

Aupemos al poder a políticos conscientes de la importancia de su papel frente a la ciudadanía, que no amañen las reglas de juego, con la verdad como denominador común y la honorabilidad como blasón; siendo fieles y coherentes ante las promesas y sabiendo escuchar antes y después de las elecciones. Predispuestos al diálogo y al consenso, sobre todo cuando se gobierna, sin las ventajas que dan la mayoría o el victimismo oportunista cuando se está en minoría.

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